Actualmente, en nuestro ideario de hombres trabajadores y constantemente bombardeados por los estímulos del siglo XXI, los cambios tecnológicos son bien sonados y llegan de donde sea que vengan, del trabajo en clave de teletrabajo, del instituto con las presentaciones de Canva, del mundo del marketing de la mano de los internautas del lenguaje artificial y hasta del futuro, cuando se escuchan los posibles avances en medicina de poder identificar un tumor por patrones que detecta una IA. Todo es un bombardeo constante de cambio, todo menos el que se apoya en su posición no muy honrada, de confrontación a la variación. Aunque para ellos lo que no es nunca será, su aspiración es un hecho que no ha de ser probado.
¿Por qué este empeño en diferenciar a dos tipos de seres humanos? Los que se lo curran y los que no se esfuerzan ni por saber lo que es la meritocracia. En realidad, en esta farsa radica la diferencia entre ser honrado y no serlo; quien ha ganado una posición por su esfuerzo o mérito miente. Es más, me atrevería a decir que quienes llegamos a una posición sin variables secundarias, y de reconocida valía, ha sido debido al azar, al destino. O mejor aún, soportamos el inquebrantable peso de la historia, somos la llave misma que encierra el pasado, no pasamos más allá de ese agujerito por donde se vislumbra la verdad.
Por otro lado, están quienes se vanaglorian de su esfuerzo y "sudor dulce", es la miseria de no aceptar la historia, su pasado, de evitar que le afecte el cambio. Son los responsables de la meritocracia, dispuesta a culparnos de no ser lo realmente productivos que deberíamos, desde la consciencia colectiva. No, ellos pueden y tú no; esa es la verdad, te duela o no. Los usurpadores de la historia te dirán que son perfectos en todo y que no hay nada que echarles en cara. Sin embargo, se sabe que muchas veces salen los "trapos sucios" de su maquinaria, los resortes que no pueden cerrar la puerta por mucha fuerza que ejerzan en contra de la llave que todos llevamos con nosotros. Sí, todo sale a regañadientes y, si no, ya saldrá. Mientras tanto, los adeptos a la ignorancia siguen rindiendo luto a la historia que nunca fue, como los defensores de las "leyes de concordia". Todo es falso reconocimiento y vano esfuerzo en suelo manchado de sangre, pintado de rojo para ocultar la desgracia de los que abanderan la historia tal y como fue.
Sigamos trabajando para poner la historia en pie, quizás se recompense en un futuro la perseverancia de no caer en el olvido. Por todos ellos, y sobre todo por la meritocracia más descarnada, leamos más y seamos más críticos la próxima vez que abramos un periódico o veamos un telediario que nos informe sesgadamente. De nada sirve plantarse y aceptar lo que intentan hacernos creer, sino es para alimentar las mentiras.





